Rosh Hashaná: una cabeza con alma

Cuando cada año al terminar el rezo nos deseamos “Shaná tová” es casi imposible tener conciencia de que perpetuamos una cadena de más de tres mil años de historia. Son cosas en las que uno no se pone a pensar, porque de otra manera podrían convertirse en una carga en vez de un regalo. “Un año dulce, buena y sana”, se escucha aquí y allá. “Todo lo bueno” me desea alguien en medio del tumulto, y yo contesto: “Año mejorado para ti”. La misma fórmula cada vez y siempre igualmente poética, casi original, casi inventada por nosotros justo en esta ocasión. No faltará quien me desee para este año “un buen yudió, mi rrrrreina, que bien te lo mereces”, mientras nos carcajeamos buscando a ver si aquél al fin se dio por aludido.

Cuando lo pienso, me impresiona la manera como uno puede recordar cada Rosh Hashaná (literalmente ‘cabeza de año’) por la mesa que viene después. Y en mi caso particular, más bien por quién me invitó cada vez, siempre acompañada de mi secreta promesa de que el próximo año en mi propia casa. Pero, ¿a quién engaño? No me imagino a mí misma cocinando tan milenarias delicias, que en cualquier caso no le llegarán ni a los pies a ninguna de las que he comido año tras año. La verdad, admitámoslo, nada como compartir una buena invitación. Inmediatamente comenzaremos los preparativos para otra ocasión, a los ojos de algunos acaso contraria a la que acabamos de terminar: tendremos más de veinticuatro horas de ayuno y la esperanza de que el Creador haya visto nuestro esfuerzo por ser mejores personas, más allá de los diez últimos días.

El calendario por el que los judíos regimos nuestras vidas diarias lleva una diferencia de tres mil setecientos años con respecto al gregoriano. Pero como ciudadanos del mundo en que nos hemos tornado a través de los siglos, algunos meses después estaremos en otra celebración: un nuevo año de la era común. Esta vez aprovechamos para otro tipo de promesas, como bajar de peso o aprender un nuevo idioma. Una de las cosas buenas de vivir en un mundo así es que uno recibe buenos deseos dos veces al año, y además, si rompiste unas cuantas promesas todavía hay oportunidad de recomenzar –otras promesas, claro está.

Mi alma proclive a los sentimentalismos, afortunadamente sin ningún viso de conflictos de lealtad, se contenta por cada alegría compartida, venga de donde venga. Lejos de una vida dividida, cada día es un esfuerzo por ser uno consigo mismo, que en este caso significa ser fiel a lo que uno cree, como individuo y como miembro de un pueblo.

Mientras miro desde mi balcón los fuegos artificiales del 31 de diciembre y me tomo un ponche crema, pienso en lo grandioso que es vivir en un universo particular que, tras un esfuerzo nada fácil, ha logrado hacer concordar las diferencias para que lo trascendente tenga su lugar propio. Entonces me sirvo un té con yerbabuena y tomo conciencia, por primera vez en años, de lo que significa para mí seguir siendo fiel a una fe y a una tradición que me toca resguardar como parte de una cadena milenaria que no quiero ni debo romper.

Fanny Díaz

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Archivado bajo Israel, Judaísmo, Religión, Venezolanos en Israel

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