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Aquí vive Orwell

Por Fanny Díaz

Viejacasanueva_tecnoIsraelHace mucho que la ciencia ficción dejó de ser un motivo de asombro para convertirse en un lugar común resumido en la frase “el futuro ya está aquí”.

Tras mi efímero y poco exitoso ejercicio como obrera manual, llegó la hora de vivir la experiencia de ser una auténtica obrera del siglo XXI. En principio, cuento con todos los requisitos: fanática del teclado (por no decir prácticamente inútil en cualquier otro campo), inmigrante en Israel, uno de los mayores exportadores de alta tecnología en el mundo, y dispuesta a renunciar a la sociabilidad con tal de ganarme los cobres de manera segura y puntual.

Así que de la noche a la mañana el miniapartamento en el que vivo se convirtió en eso que las revistas de diseño llaman un “home office”. Durante el receso para el café converso sobre literatura con mi compañera de trabajo por el chat de skype, mi gato entra y sale a su antojo porque sabe que siempre estoy en casa y si me topo con mi jefe en la calle probablemente no lo reconozca.

Cada vez que le cuento a alguien que trabajo desde la casa a través de internet, la gente tiene una reacción extrema. O piensan que me he sacado la lotería de los trabajos, o me hacen sentir que soy en esencia una presa del siglo XXI. Creo que ambos grupos tienen razón y además mis condiciones de trabajo no me parecen particularmente extraordinarias. Soy apenas una entre los millones que realizan teletrabajo alrededor del mundo, “telecommuters”, para los que la virtualidad se ha convertido en otra manera de estar en el mundo.

Sí, el futuro ya está aquí, tiene la cara cuadrada y algunas veces hasta trabaja en piyamas.

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En el camino

Estación de tren de Lod

En casi cualquier lugar de este planeta superpoblado la gente pasa gran parte de su vida camino al trabajo, generalmente atrapada en el tráfico, o debido a la distancia.

A pesar de lo que cualquier israelí pueda decir al respecto, creo que aquí el tráfico es un asunto menor. Sé que en Mumbai muchos prefieren caminar durante horas, porque en un autobús podrían pasar más tiempo sin siquiera moverse de sitio. En Caracas parte de las proezas cotidianas es evitar la “hora pico”, que en un día de lluvia podría durar toda la mañana. En Bogotá la gente debe dejar su carro en casa una vez a la semana… Cuando en Israel alguien se queja del tráfico no puedo más que mirarlo con la condescendencia de quien sabe que el otro ha vivido poco.

Incluso en la apretujada Tel Aviv las colas están lejos de ser algo de temer, a menos que algún chofer haya decidido mostrar su habilidad para el balagán, el casi omnipresente desorden israelí. Una cosa sí es peculiar en este país diminuto: si por esas rifas del destino a uno le toca un trabajo que exija viajar más de una hora, en la práctica se habrá ganado una expedición antropológica diaria.

En hora y media se va de la costa mediterránea al semidesierto; de escuchar ruso como lengua local, a tratar de entender una mezcla de árabe y hebreo, con el infaltable añadido de inglés que todo israelí utiliza para dirigirse a cualquier recién llegado, sin importar si entiende o no.

A pesar de los cambios del paisaje, sin embargo, nadie se sentirá demasiado perdido. Algunas vistas permanecen. Ahí está ese latinoamericano que discute por teléfono a todo volumen un enrevesado problema personal, confiado en que nadie a su alrededor entiende lo que dice, o quizás eso le tenga sin cuidado. Más allá alguien desayuna de prisa sentado en una acera: en cualquier otro sitio la gente corta de tiempo come mientras camina; en Israel, el honor a la comida está primero. Aquí y allá cualquiera te dirá “mótek (dulce)” sin haber hecho lo mínimo para merecerlo, con tanta gracia, que uno no puede sino sentirse contagiado por la familiaridad. Entre tanto, una solitaria voyerista atraviesa cada día el país liliputiense, toda oídos, toda ojos, toda piel.

Fanny Díaz

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Habla como sea que algo queda

“Boutique de la pita”. Todavía me parece insólito que una panadería se haga llamar ‘boutique’

Lo dicho: en todas partes se cuecen habas. Como cualquier otra academia contemporánea de su género, la Academia del Idioma Hebreo se queja de la corrupción de la lengua, no solo por el uso de palabras foráneas para las cuales hay sinónimos en hebreo, sino por los insólitos giros idiomáticos de uso común en el habla de la calle. Para una amante de la palabra como yo, no pasa desapercibido que en este momento me encuentro entre los causantes de tal despropósito. Tengo plena conciencia de que cada vez que pronuncio una sílaba en hebreo, estoy maltratando el idioma. No puedo hacer nada al respecto, sin embargo, excepto lo que ya hago: hablar como sea para aprender a hablar.

El asunto ha llegado a terrenos tales, que ya hay quien sugiere que no se siga llamando hebreo esto que se habla en Israel, sino que se le llame “israelí”. Como tampoco se sabe mucho a qué se puede llamar israelí, la propuesta parece más bien un chiste. Sofisticado, pero chiste al fin.

Los israelíes tienen fama de malhumorados e impacientes, pero yo en particular no estoy de acuerdo. Tendrán poca paciencia para respetar su turno en el banco, pero a la hora de entender a alguien que habla mal hebreo, ésta parece inagotable. Por alguna razón, que quizás tenga raíces en la solidaridad judía con los menos afortunados, los israelíes se sienten en la obligación de reforzar la estima de los nuevos hablantes. A cada esfuerzo por completar una frase indefectiblemente le siguen las expresiones “yafé (bello)” y “kol hakavod (todo el honor)”, sin el menor asomo de ironía. No importa cuánto lleves en el país, el otro siempre dirá —con sincera admiración— que para ese tiempo tu nivel de hebreo es admirable. Por supuesto, también conoce a alguien que lleva mucho más y ni de lejos se acerca a ese nivel. A eso llamo yo generosidad.

Amos Oz, el más internacional de los escritores israelíes y uno de los más famosos hablantes del hebreo moderno, suele disertar sobre la vertiginosa evolución del hebreo clásico al moderno: “Lo que en otras lenguas ha supuesto un proceso de varios siglos, para el hebreo han sido unas pocas generaciones. La distancia entre Miguel de Cervantes y Gabriel García Márquez, en términos hebreos, es de 120 años”.

De vez en cuando, para calmar mis angustias puristas, me consuelo pensando que quizás ese galimatías que sale de mi boca cada vez que intento hablar hebreo en realidad es un eslabón de esa cadena evolutiva. No creo que la Academia del Idioma Hebreo apoye la pretensión, pero con seguridad cualquier otro israelí dirá con el mayor énfasis: “Yafé, kol hakavod”. ¡Qué grandeza de espíritu! Aunque dos segundos más tarde tenga que caerle a codazos para subirme al autobús.

Fanny Díaz

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