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Un ejército conquistador recorre el mundo

Un rincón de la ñ en Allenby, Tel Aviv

El español, o castellano, como todavía algunos prefieren llamarlo, sin prisa pero sin pausa —para usar una expresión castiza, a tono con el tema— sube escalones en las estadísticas de lenguas con mayores hablantes en el mundo. Uno tendería a pensar que en buena medida será gracias a las enormes familias latinoamericanas, pero resulta que, según otras estadísticas, el tamaño de esas familias disminuye año tras año.

Antes solía creer que la creciente popularidad de la lengua de Cervantes se debía a la contribución de, no faltaba más, el gran autor y su caballero de La Mancha, los premios Nóbel de literatura, o incluso los best-séller de Isabel Allende. Con el tiempo he logrado entrever algunas otras vías.

En Israel prácticamente toda jovencita cree poder sostener una conversación básica en español, gracias a las telenovelas. Claro que las pocas frases coherentes irán salpicadas de “mi amor, qué bello, que viva la vida”. Dependiendo del origen de la telenovela favorita, conjugará los verbos de una manera u otra, o utilizará determinado localismo, cuyo uso específico rara vez alcanzo a comprender. Por supuesto, estas muchachas esperan que uno prefiera hablar con ellas en “español”, en lugar que romperse los dientes tratando de hablar hebreo. Total, piensan, para qué se necesita aprender este idioma hablado por unos pocos millones, cuando hablas una lengua de cientos de millones. Buena pregunta.

Ahora resulta que los chinos han descubierto España y unos cuantos quieren aprender la lengua. Pero ya uno sabe cómo calcular “unos cuantos” cuando de chinos se trata. Agréguese a esto sus negocios latinoamericanos y el mercado de los millones de hispanohablantes que viven en Estados Unidos. Tampoco habría que desestimar los aportes de la familia Iglesias, ni los aullidos bilingües de una loba o las canciones olímpicas.

Todo esto sin duda ha contribuido a la expansión de esta lengua heterogénea y milagrosamente cohesiva a la vez. En estos días, sin embargo, me percaté de otra razón de esta avanzada lingüística: la diáspora latinoamericana y el latin lover. Sí, la leyenda no murió con Rubirosa.

El alma latinoamericana, ese crisol de razas como diría un intenso, tiene tendencia a ligarse con “otros”: mis nuevos vecinos son una pareja formada por una etíope y un latinoamericano, cuyo origen no viene al caso. Ella repite cosas como “barriga llena, corazón contento”, que su marido le ha enseñado mientras cocinan. Aprende un español de diminutivos y frases hechas, como “amiguita, qué frío hace. Hasta la vista”. La patria es la lengua, me digo. Qué patria tan pintoresca la nuestra.

Resulta al menos curioso que dos de las grandes lenguas contemporáneas deban su expansión a las Américas. Alguien lo llamó “la venganza de las colonias”. Pero a diferencia del inglés, que se hizo imprescindible por el poder de una colonia devenida imperio, el español se abre paso en parte gracias al trabajo personalizado de millones de amorosos trashumantes. Quien no haya participado en esta cruzada, que lance el primer desmentido.

Fanny Díaz

Otras huellas de la diáspora latinoamericana
(shuk  haCarmel, Tel Aviv)

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Expatriated dream

“Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada”

Allí estaba, enfrentándola con sus ojos rojos, un enorme ratón neoyorquino. Una cosa es verlos entre la basura callejera y muy otra encontrárselos en casa. No hay manera de atreverse a retar uno de estos ejemplares. Había una sola opción: pedir auxilio, y como la desesperación solo brota en el idioma materno, los gritos en español retumbaron en todo el vecindario.

En un restaurante vecino un grupo de trabajadores mexicanos respondieron al llamado. Me imagino el grito del escuadrón de salvación: “Alguien de la raza se encuentra en peligro. Allá vamos”. Pocos minutos más tarde el infame ratonzuelo yacía en el basurero del que nunca debió salir.

Cuando ella intentó retribuir con dinero (equivalente al menos a cuatro horas de trabajo) los hombres reaccionaron ofendidos: “Los favores no se pagan, especialmente cuando uno está lejos de casa”. Nunca olvidará aquella primera lección de nueva inmigrante de la clase media venezolana. “Eres parte de una gran cadena de ayuda”. Suena a frase arreglada, a manual de nueva era, pero desde entonces ella intenta retribuir favores con favores, o con una palabra amable, o sostener una puerta a una desconocida que arrastra al mismo tiempo un cochecito y las compras de la semana. Intenta no olvidar que ser inmigrante no te da derecho a volverte un resentido, o si consigues el éxito soñado, a restregarle a los demás tu estatus.

En algún momento todos necesitamos del apoyo, anónimo o abierto, requerido o recibido como única opción. Atrapados en el laberinto, alguna vez todos necesitamos una Ariadna. Si hay algo que aprender para salir airoso y conservar intacta la propia humanidad, es “pedir ayuda y dejarse ayudar”, algo que no se le da bien a casi nadie. También hay que confiar en que siempre hay un escuadrón de salvación dispuesto a responder a un llamado de auxilio, y que no importa cuán poco tengamos, nosotros podemos ser parte de él.

Fanny Díaz

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Trabajando aunque sea fallo

Camino al trabajo

Cada día, en cualquier parte del mundo, millones de personas pierden su empleo, cambian de lugar en busca de una mejor opción, sueñan con el momento de volver a tener un pago mensual (o semanal, o quincenal, depende del país, poco importa) en sus manos. Todavía creen que un “empleo seguro” es lo único que necesitan para vivir mejor.

¿“Empleo seguro”? Cuando escucho a alguien hablar el idioma de los funcionarios me pregunto qué parte habrá que explicarle para que entienda algo. Si uno ve a su alrededor un ejército de desempleados y otro ejército de gente que vive bajo la tiranía del fantasma del desempleo, lo menos que podría pensar es que ya no hay nada seguro, ni siquiera la muerte (ahora la gente vive demasiado y la mayoría no está en capacidad de jubilarse). Pero los humanos somos lentos para asimilar ciertas realidades. ¿La peor parte? La condena colectiva para quien se atreva siquiera a sugerir que algo no anda bien en la ecuación trabajo fijo = seguridad.

Y aquí estoy yo, cada día buscando una manera de justificar mi existencia. Hay que callarse ciertos pensamientos. Hay que asentir si no quiere uno convertirse en un total paria. Hay que buscar un oficio serio, en vez de querer vivir de las palabras, que ya casi nadie lee, por si no te has dado por enterada.

Así que busco ayuda en una cosa que llaman “Manpower, Koaj Adam, ¿poder humano?”, y en vista de mi poca ortodoxa experiencia profesional tengo que apechugar con lo que salga. “¿Ha trabajado usted solo en libros?”. “¿Solo? Bueno, he trabajado como en cien libros”. “Quiero decir que si usted sabe hacer algo más que leer libros”. “Oiga, que no me pagaban para leer libros, sino para cuidar que salieran bien”. En fin… que no aclares tanto, que oscureces, como dicen en mi pueblo.

De ahí salgo empoderada (como dirían los libros de gerencia en los que alguna vez trabajé), hacia una verdadera vida laboral. Me envían a doblar ropa en un depósito de cadenas internacionales. Toda la ropa cara que no podré comprarme a menos que no pague la renta ni coma, pasa por estas manos tan acostumbradas a la manicura y al teclado. Las doblo cuidadosamente a la mayor velocidad posible (una combinación de acciones que no siempre se me da bien), luego quito la etiqueta extranjera y pego la nacional. Al menos ya sé distinguir la que está en hebreo, me consuelo. Todavía vivo de las palabras.

Cientos de mujeres venidas de casi cualquier parte del mundo realizan la misma acción maquinal una y otra vez. Han llegado de lejos buscando una mejor vida y quizás de verdad esta sea mejor que la que tenían en casa. No es un empleo seguro, pero es al menos un empleo. Yo he venido tras el sueño sionista, y los sueños se pagan. No estamos en temporada de ofertas.

Fanny Díaz

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