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Y los sueños, sueños son

¿Ella sueña o espera?

Hace días que llueve casi sin parar. El viento sopla tan fuerte que salir de casa parece un reto a la naturaleza. Es marzo y temo que el sol se ha olvidado de Israel.

Mientras nos abrimos paso entre la lluvia y el viento mi vecina y compañera de trabajo me dice: “Tú que eres una persona racional [ignoro cómo sacó esta conclusión], ¿no te parece que es más fácil ganarse la vida vendiendo agua de coco fría en las playas de Río de Janeiro que desafiar este clima para ir a trabajar en una fábrica,  así sea de juguetes?”. Al principio creo que está bromeando, pero la mal disimulada gravedad de su expresión me dice que habla en serio: “Estoy decidida a aprovechar la bonanza olímpica brasilera para vivir sin horarios ni dictaduras atmosféricas”.

Pienso en las posibilidades de negocios, en la competencia, en el nicho, en las estrategias a seguir. Pienso en la campaña de mercadeo del agua de coco, la puesta en escena, cómo sacarle provecho a lo aprendido en Israel. Hay que concebir unos personajes atractivos, que destaquen entre los competidores, porque seguro que no pocos habrán tenido la misma idea de irse a vivir los juegos olímpicos, disfrutar de la playa y ganar dinero en un país donde no se necesita tanto papeleo para montar un negocito.

Los infaltables turistas israelíes serán un nicho perfecto. No nos hará falta la fluidez en hebreo que ahora nos impide aspirar a un mejor trabajo. En comparación con su portugués, nuestras cuatro palabras en hebreo serán más que suficientes. Un look de los años ochenta copiado de nuestras compañeras de trabajo venidas de Europa del Este hará el resto, como contraste con la ultracontemporaneidad de las mujeres de Río. Estamos listas para el éxito empresarial en una playa multitudinaria al pie del Pan de Azúcar.

Mi amiga no toma en serio mi apego por los detalles ni mis manías planificadoras. Lo suyo es mantener en forma la capacidad de soñar. Cuando un sueño muere, hay que sustituirlo pronto. Es cierto que “La muerte de un sueño no es menos triste que la muerte, y, de hecho, exige a aquellos que lo han perdido un duelo profundo”, como dice Capote. Pero pasado el duelo, hay que encontrar un nuevo sueño, por intrascendente que parezca. No se puede ir por la vida sin alma.

Fanny Díaz

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Maletas de historia

Siempre soñé con reducirlo todo a un morral, soltar las amarras y recorrer el mundo. Un día aquí, otro allá, mañana quién sabe dónde. Me iría con mi escritura y mi angustia a otra parte, cualquier parte, siempre una nueva parte. Lo mío sería la travesía perpetua de una beduina intercontinental.

Y heme aquí, con dos maletas gigantescas en un cuarto minúsculo al sur de Israel. Alguien quiere cambiar de vida y se lleva la antigua a cuestas. Escoge las cosas que se imagina extrañará y las va poniendo en una maleta. Cuando se da cuenta, no es suficiente una. De pronto, al otro lado del mundo se sorprende viviendo casi la misma vida, con casi las mismas cosas y, peor aún, casi la misma angustia.

Hace falta más que cruzar un océano para cambiar de vida. Hace falta dejar atrás, y también preguntarse si “cambiar de vida” no es una pretensión carente del más básico sentido histórico. Hace falta encontrar un equilibrio entre dejar atrás y cargar con maletas de historia, si no, puede uno llegar a convertirse en alguien siempre de paso sin moverse: no en un ciudadano del mundo, como soñaron los abuelos, sino en un nostálgico. Sí, es necesario mirar por el retrovisor, pero para seguir adelante hay que estar alerta, en el aquí y ahora. Tomar y soltar, una y otra vez.

Seguramente algún día lograré mi sueño de vivir en un morral. Por lo pronto esas maletas gigantescas son un recordatorio de los sueños. Dondequiera que uno esté debe encontrar la manera de mirar el mundo desde esa edad en que todo lo nuevo parece bueno.

Fanny Díaz

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