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Diario personal de guerra. Ashdod, Israel 2014

Soldados_Israel

8 de julio

Anoche la sirena sonó por primera vez luego de muchos meses. Aunque durante semanas la posibilidad de una escalada de violencia había sido el principal tema de conversación, nunca se está emocionalmente preparado. El sonido penetrante avisa que tenemos tseva adom (color rojo), que hay que correr a protegerse en el primer lugar que se encuentre, que no hay tiempo para dudas ni lugar para la humana confianza en que ‘eso no puede pasarme a mí’.

Luego se escucha la explosión. Algunas veces cerca, y entonces todo se estremece; otras, a lo lejos, como si de pronto el peligro se hiciera irreal. En ambos casos uno reza para que la kipat barzel (domo de hierro) se haya ocupado del asunto. La explosión de anoche fue una de las más estruendosas que he escuchado hasta ahora…

Otro día

Poco sabíamos que la sirena se convertiría de nuevo en nuestro día a día. Entre sirena y refugio hacemos la vida. Afuera se libra una guerra adicional, la de demostrar que Israel tiene derecho a defenderse y en el fondo la de justificar su existencia.

Cientos de fotografías de palestinos, especialmente niños, inundan la red. A ratos las dudas invaden el alma. Algo es claro: en una guerra nadie gana.

Otro día más

Hoy me dio por releer a la escritora israelí Batya Gur. Michael Ohayon, el personaje principal de sus novelas, es un detective de origen marroquí, guapo, inteligente y sensible que solo pudo ser creado por una mujer. Al final de la novela Asesinato en Jerusalén, Ohayon tiene un peculiar diálogo con su hijo Yuval, la mañana antes de este último partir a un entrenamiento en la reserva del ejército de Israel:

“(…) Quería preguntarte, pero realmente ahora, si eres sionista. ¿Eres sionista, papá?”.

“¿Por qué lo preguntas?”. Michel trataba de ganar tiempo; finalmente la mesera los dejó solos.

“Primero respóndeme” (…)

“… Si sionismo significa una casa para el pueblo judío, entonces puede decirse que soy sionista”.

Más y más días

Algunos días no suena la sirena pero se escuchan explosiones a lo lejos. La ilusión de normalidad se ve interrumpida una y otra vez por el sonido aparentemente lejano.

Mueren 64 soldados israelíes en una emboscada. Me siento culpable por no ser más neutral, por no lamentar las muertes del ‘otro lado’, por no hacerlas mías. En cambio, cada soldado que veo en la calle me hace sentir que no estamos protegiendo a nuestros jóvenes, que en lugar de estar peleando por nosotros ellos deberían estar respirando vida. Las calles se llenan de inmensas vallas que dan gracias a nuestros soldados. Cada uno de ellos, casi niños en realidad, me recuerda que esta tierra hay que conquistarla cada día. Quizás todavía estamos vagando en el desierto.

23 de julio

Tal parece que mis sentimientos tienen compañía. LynleyShimat Lys publicó un poema en su muro:

I feel guilty for being alive.

I feel guilty I can’t help

the people in Gaza

in Sderot

in Ashkelon

in Ashdod

I feel guilty I can’t persuade
my friends

to come north to Jerusalem

I feel guilty I can’t tell
the government

not to send

men to kill and to be killed

I feel guilty for

every supposed leader

opposing peace, risking lives.

I feel guilty for asymmetries,

for rockets, tanks, tunnels,

for the airforce

and the airport.

I feel implicated from all sides.

for what I did

for what I didn’t do.

This war is not a war – there is no winning.

Ashes, ashes, we all lose.

Me siento culpable de estar viva.

Me siento culpable de no poder ayudar

a la gente en Gaza

en Sderot

en Ashkelon

en Ashdod

Me siento culpable de no poder convencer a mis amigos

de venir al norte a Jerusalén

Me siento culpable de no poder decirle al gobierno

que no envíe

hombres a matar y ser matados

Me siento culpable por

cada supuesto líder

que se opone a la paz, arriesgando vidas.

Me siento culpable por las asimetrías,

por los cohetes, tanques, túneles,

por la fuerza aérea

y el aeropuerto.

Me siento implicada en todos los lados.

por lo que hice

por lo que no hice.

Esta guerra no es una guerra ­–no hay ganador.

Cenizas, cenizas, todos perdemos.

Un día más

Alto al fuego. Violación del alto fuego. Tseva adom. Sirena. Muere un niño de cuatro años que no tiene tiempo de llegar al refugio. Una fotografía con su camisa del futbolista Leo Messi inunda las redes. El héroe no se da por enterado. La guerra paralela continúa.

Hoy sonó de nuevo la sirena…

Por Fanny Díaz

 

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Sin máscara

La semana comienza temprano en Israel. No hay domingos. Como en el calendario hebreo los días terminan a la caída del sol, después de Shabat inmediatamente viene Iom Rishom (literalmente ‘primer día’). Ni los deseos de “buena semana” que se oyen en todas partes pueden borrar la sensación de que el reposo es demasiado breve.

Esta semana se inicia además con una peculiar diligencia para los recién llegados: recibir la máscara antigás, o “equipo de defensa”, en palabras más oficiales. Mientras esperamos en una fila casi desconocida en los estándares israelíes (se nota que la mayoría todavía seguimos atados a viejas costumbres), se escuchan los comentarios de diverso tipo: desde el aficionado a lo extremo que por fin ve cerca la más extrema de sus aventuras, hasta la madre aterrorizada que se debate entre su pasión sionista y el miedo humano, tan humano.

Cada uno va recibiendo una pequeña caja sellada en la que el funcionario escribe el nombre del potencial usuario. A un costado de la caja destaca un texto escrito en hebreo, árabe, inglés y ruso que especifica “Prohibido abrir”. Las razones son de seguridad, porque la máscara contiene una sustancia que puede ser menos eficaz si ha sido expuesta al aire. Para mí, sin embargo, implica una velada promesa de que quizás nunca tenga que abrirla. Conozco gente que ni siquiera sabe dónde están sus cajas. Ante la inminente amenaza que se cierne sobre los ciudadanos israelíes, probablemente la mayoría ya las hayan localizado. Aun así, todos esperamos nunca tener necesidad de abrirla.

Para mí esta caja con mi nombre en la tapa representa también el valor más excelso del judaísmo, el respeto a la vida. Tan sagrada, que cualquier precepto puede ser violado si un ser humano está en peligro. Por eso la he puesto a la vista, para que me recuerde, no solo que vivo en un país que vela por mi vida, sino que estoy aquí porque creo que es el lugar donde tengo que estar, precisamente por las razones por las que eventualmente tendría que abrir esa caja. Nada malo puede ocurrirme en esta tierra de milagros, me digo, y una vocecita con acento israelí completa mi pensamiento con la frase que más se escucha en las calles: “Hacol iyé beséder, B”H (todo estará bien, con ayuda de Dios)”, aunque no haya domingos.

Fanny Díaz

 

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