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Aquí vive Orwell

Por Fanny Díaz

Viejacasanueva_tecnoIsraelHace mucho que la ciencia ficción dejó de ser un motivo de asombro para convertirse en un lugar común resumido en la frase “el futuro ya está aquí”.

Tras mi efímero y poco exitoso ejercicio como obrera manual, llegó la hora de vivir la experiencia de ser una auténtica obrera del siglo XXI. En principio, cuento con todos los requisitos: fanática del teclado (por no decir prácticamente inútil en cualquier otro campo), inmigrante en Israel, uno de los mayores exportadores de alta tecnología en el mundo, y dispuesta a renunciar a la sociabilidad con tal de ganarme los cobres de manera segura y puntual.

Así que de la noche a la mañana el miniapartamento en el que vivo se convirtió en eso que las revistas de diseño llaman un “home office”. Durante el receso para el café converso sobre literatura con mi compañera de trabajo por el chat de skype, mi gato entra y sale a su antojo porque sabe que siempre estoy en casa y si me topo con mi jefe en la calle probablemente no lo reconozca.

Cada vez que le cuento a alguien que trabajo desde la casa a través de internet, la gente tiene una reacción extrema. O piensan que me he sacado la lotería de los trabajos, o me hacen sentir que soy en esencia una presa del siglo XXI. Creo que ambos grupos tienen razón y además mis condiciones de trabajo no me parecen particularmente extraordinarias. Soy apenas una entre los millones que realizan teletrabajo alrededor del mundo, “telecommuters”, para los que la virtualidad se ha convertido en otra manera de estar en el mundo.

Sí, el futuro ya está aquí, tiene la cara cuadrada y algunas veces hasta trabaja en piyamas.

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Con las manos en la máscara

Por Fanny Díaz

En 2011 escribí un post sobre la experiencia de un olé jadash al retirar su primera máscara antigás. Dos años después, la amenaza de un ataque se cierne sobre Israel una vez más. De nuevo los recién llegados deben retirar su “equipo de defensa”, de nuevo la angustia se apodera del día a día, de nuevo los rumores son la principal fuente de información.

¿Qué hacer? Algunos consejos prácticos

  • Obviamente, lo más importante es permanecer en calma. Confiar en que Israel, no sólo está preparado para un ataque, sino que su principal preocupación es la protección de sus ciudadanos.
  • El Home Front Command, “Pikud Haoref”, la institución israelí encargada de la seguridad ciudadana en casos de conflicto armado o desastres naturales, es la mejor fuente de información. Para cualquier duda o solicitud llamar al teléfono 104.
  • En la página web de Pikud Haoref se encuentra una guía de los lugares de distribución de máscaras antigás:
    http://www.oref.org.il/901-11957-en/Pakar.aspx
  • También se puede solicitar el envío a través de la oficina de correos con solo cancelar 25 shékels, pero esta opción toma al menos 18 días hábiles. Teléfono: *2237 o dejar un mensaje.
  • Las municipalidades cuentan con un servicio de ayuda sobre aspectos locales en el número 106.
  • Aunque todos lo sabemos, es necesario repetirlo: jamás saques la máscara de la caja para practicar cómo usarla. El aire deteriora los filtros y las sustancias protectoras que ésta contiene.
  • Si por alguna razón no se obtuvo la máscara, no hay que angustiarse. En este momento se está asignando máscaras solo a los ciudadanos israelíes, pero en caso de emergencia el ejército de Israel monitoreará que todos sus ciudadanos y residentes estén debidamente protegidos.
  • La vida continúa de manera normal en Israel. No hay llamados de alerta ni luz roja. La mejor protección es conocer el protocolo de emergencia, qué hacer, hacia dónde dirigirse y cuál es el refugio más cercano en caso de no contar con cuarto de seguridad (maamad) en casa.
  • Sí, ya lo dije, pero quisiera repetirlo: confía en que Israel cuenta con gente capacitada y provista con los mayores adelantos actuales para la protección de la población civil, que en caso de una crisis (Dios no lo permita) estará allí para protegerte.

Quien salva una vida, salva al mundo entero.
Talmud

FuentePikud Haoref, amotherinisrael.com

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Un ejército conquistador recorre el mundo

Un rincón de la ñ en Allenby, Tel Aviv

El español, o castellano, como todavía algunos prefieren llamarlo, sin prisa pero sin pausa —para usar una expresión castiza, a tono con el tema— sube escalones en las estadísticas de lenguas con mayores hablantes en el mundo. Uno tendería a pensar que en buena medida será gracias a las enormes familias latinoamericanas, pero resulta que, según otras estadísticas, el tamaño de esas familias disminuye año tras año.

Antes solía creer que la creciente popularidad de la lengua de Cervantes se debía a la contribución de, no faltaba más, el gran autor y su caballero de La Mancha, los premios Nóbel de literatura, o incluso los best-séller de Isabel Allende. Con el tiempo he logrado entrever algunas otras vías.

En Israel prácticamente toda jovencita cree poder sostener una conversación básica en español, gracias a las telenovelas. Claro que las pocas frases coherentes irán salpicadas de “mi amor, qué bello, que viva la vida”. Dependiendo del origen de la telenovela favorita, conjugará los verbos de una manera u otra, o utilizará determinado localismo, cuyo uso específico rara vez alcanzo a comprender. Por supuesto, estas muchachas esperan que uno prefiera hablar con ellas en “español”, en lugar que romperse los dientes tratando de hablar hebreo. Total, piensan, para qué se necesita aprender este idioma hablado por unos pocos millones, cuando hablas una lengua de cientos de millones. Buena pregunta.

Ahora resulta que los chinos han descubierto España y unos cuantos quieren aprender la lengua. Pero ya uno sabe cómo calcular “unos cuantos” cuando de chinos se trata. Agréguese a esto sus negocios latinoamericanos y el mercado de los millones de hispanohablantes que viven en Estados Unidos. Tampoco habría que desestimar los aportes de la familia Iglesias, ni los aullidos bilingües de una loba o las canciones olímpicas.

Todo esto sin duda ha contribuido a la expansión de esta lengua heterogénea y milagrosamente cohesiva a la vez. En estos días, sin embargo, me percaté de otra razón de esta avanzada lingüística: la diáspora latinoamericana y el latin lover. Sí, la leyenda no murió con Rubirosa.

El alma latinoamericana, ese crisol de razas como diría un intenso, tiene tendencia a ligarse con “otros”: mis nuevos vecinos son una pareja formada por una etíope y un latinoamericano, cuyo origen no viene al caso. Ella repite cosas como “barriga llena, corazón contento”, que su marido le ha enseñado mientras cocinan. Aprende un español de diminutivos y frases hechas, como “amiguita, qué frío hace. Hasta la vista”. La patria es la lengua, me digo. Qué patria tan pintoresca la nuestra.

Resulta al menos curioso que dos de las grandes lenguas contemporáneas deban su expansión a las Américas. Alguien lo llamó “la venganza de las colonias”. Pero a diferencia del inglés, que se hizo imprescindible por el poder de una colonia devenida imperio, el español se abre paso en parte gracias al trabajo personalizado de millones de amorosos trashumantes. Quien no haya participado en esta cruzada, que lance el primer desmentido.

Fanny Díaz

Otras huellas de la diáspora latinoamericana
(shuk  haCarmel, Tel Aviv)

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