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Expatriated dream

“Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada”

Allí estaba, enfrentándola con sus ojos rojos, un enorme ratón neoyorquino. Una cosa es verlos entre la basura callejera y muy otra encontrárselos en casa. No hay manera de atreverse a retar uno de estos ejemplares. Había una sola opción: pedir auxilio, y como la desesperación solo brota en el idioma materno, los gritos en español retumbaron en todo el vecindario.

En un restaurante vecino un grupo de trabajadores mexicanos respondieron al llamado. Me imagino el grito del escuadrón de salvación: “Alguien de la raza se encuentra en peligro. Allá vamos”. Pocos minutos más tarde el infame ratonzuelo yacía en el basurero del que nunca debió salir.

Cuando ella intentó retribuir con dinero (equivalente al menos a cuatro horas de trabajo) los hombres reaccionaron ofendidos: “Los favores no se pagan, especialmente cuando uno está lejos de casa”. Nunca olvidará aquella primera lección de nueva inmigrante de la clase media venezolana. “Eres parte de una gran cadena de ayuda”. Suena a frase arreglada, a manual de nueva era, pero desde entonces ella intenta retribuir favores con favores, o con una palabra amable, o sostener una puerta a una desconocida que arrastra al mismo tiempo un cochecito y las compras de la semana. Intenta no olvidar que ser inmigrante no te da derecho a volverte un resentido, o si consigues el éxito soñado, a restregarle a los demás tu estatus.

En algún momento todos necesitamos del apoyo, anónimo o abierto, requerido o recibido como única opción. Atrapados en el laberinto, alguna vez todos necesitamos una Ariadna. Si hay algo que aprender para salir airoso y conservar intacta la propia humanidad, es “pedir ayuda y dejarse ayudar”, algo que no se le da bien a casi nadie. También hay que confiar en que siempre hay un escuadrón de salvación dispuesto a responder a un llamado de auxilio, y que no importa cuán poco tengamos, nosotros podemos ser parte de él.

Fanny Díaz

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Maletas de historia

Siempre soñé con reducirlo todo a un morral, soltar las amarras y recorrer el mundo. Un día aquí, otro allá, mañana quién sabe dónde. Me iría con mi escritura y mi angustia a otra parte, cualquier parte, siempre una nueva parte. Lo mío sería la travesía perpetua de una beduina intercontinental.

Y heme aquí, con dos maletas gigantescas en un cuarto minúsculo al sur de Israel. Alguien quiere cambiar de vida y se lleva la antigua a cuestas. Escoge las cosas que se imagina extrañará y las va poniendo en una maleta. Cuando se da cuenta, no es suficiente una. De pronto, al otro lado del mundo se sorprende viviendo casi la misma vida, con casi las mismas cosas y, peor aún, casi la misma angustia.

Hace falta más que cruzar un océano para cambiar de vida. Hace falta dejar atrás, y también preguntarse si “cambiar de vida” no es una pretensión carente del más básico sentido histórico. Hace falta encontrar un equilibrio entre dejar atrás y cargar con maletas de historia, si no, puede uno llegar a convertirse en alguien siempre de paso sin moverse: no en un ciudadano del mundo, como soñaron los abuelos, sino en un nostálgico. Sí, es necesario mirar por el retrovisor, pero para seguir adelante hay que estar alerta, en el aquí y ahora. Tomar y soltar, una y otra vez.

Seguramente algún día lograré mi sueño de vivir en un morral. Por lo pronto esas maletas gigantescas son un recordatorio de los sueños. Dondequiera que uno esté debe encontrar la manera de mirar el mundo desde esa edad en que todo lo nuevo parece bueno.

Fanny Díaz

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