Rezar a la medida

Sinagoga en un centro comercial de Ashdod

Para alguien que recién llega a Israel, en particular si no viene de una ciudad con una gran población judía, como Nueva York, no deja de ser impresionante encontrarse en un lugar donde casi en cada esquina hay una sinagoga. Cuando se está de visita, esto pasa a ser una curiosidad turística más, pero cuando se ha decidido construir una vida aquí, implica un reto adicional. ¿Cómo encontrar una sinagoga “a la medida”? Esto en el caso de tener alguna necesidad existencial de ir a un ‘templo’, porque para ser franca, en Israel desaparece la necesidad práctica de ir a un lugar para recuperar la conexión con el yo.

En la diáspora, vamos a la sinagoga no sólo a rezar, a encontrarnos con Dios (todos sabemos que para esto no se necesita un lugar en particular); vamos también a corroborar una pertenencia. No por casualidad se le llama beit-kneset: ‘lugar de reunión’. Mucha gente que vive en Israel admite que sólo va a la sinagoga cuando está de viaje; precisamente por esa razón: en ese lugar de reunión encontrará a sus iguales. Aquí, te topas con ellos a cada paso.

De todas las “sorpresas lingüísticas” que he tenido últimamente, una de las más significativas ha sido escuchar que alguien llame ‘templo’ a una sinagoga. Para mí, una sinagoga era una sinagoga. Nadie a mi alrededor la hubiera llamado de otra manera. Cuando alguien se refirió a ella con la palabra ‘templo’, por una fracción de segundo no entendí a qué se refería. Luego tomé conciencia del porqué. Allá, en el mundo que acabo de dejar atrás, hay muchos templos, por lo tanto cada uno debe hacerse de un nombre particular, una identidad. Aquí, la gran mayoría de éstos son sinagogas, por lo cual llamarla ‘templo’ –al contrario– la particulariza; le devuelve la connotación original a la palabra: ‘edificio sagrado’. Sobre todo si tomamos en cuenta que en general la sinagoga israelí difiere bastante de la sinagoga de la diáspora. De todas formas, creo que ninguna especulación lingüística hará que llame ‘templo’ a una sinagoga.

Una de mis nuevas amigas, con la que comparto la extraña necesidad de encontrar la sinagoga, se pregunta por qué aquí éstas son tan pequeñas y a menudo parecen escondidas. “Allá”, en cambio, las sinagogas son solemnes e imponentes. Esto último en particular. Llegamos a la conclusión de que una identidad siempre en peligro hay que protegerla de la manera más enfática posible. En Israel, para dicha nuestra, ir a la sinagoga es un acto de genuina necesidad personal y está marcado por el origen de cada quien: casi todas las comunidades han fundado una sinagoga para mantenerse en contacto con su tradición. Quizás por eso son tan pequeñas y con no poca frecuencia tienen el halo de informalidad de los núcleos familiares. Por lo pronto, nosotros, recién llegados, disfrutamos de nuestro peregrinar en busca de la sinagoga: en la variedad está el gusto, dicen.

Fanny Díaz