Del Cielo bajan

Y vivieron felices…

Dice la tradición judía que luego de la creación Dios se dedicó a juntar parejas; a hacer shiduj, en términos más llanos. La conclusión es clara: Dios es el shadján mayor. A nosotros, sus socios en la Tierra, nos toca ayudarlo en la tarea. El shiduj, por lo tanto, lejos de ser una afición, es un importante precepto en la vida judía. Es una de las tantas maneras como todo judío muestra su preocupación por el otro, en este caso los solteros, pues “No es bueno que el hombre esté solo”, como dice la Torá.

¿Pero qué pasa cuando el shiduj se hace una ocupación casi colectiva, cuando prácticamente todos conocen a alguien que, según ellos asumen, está hecho para ti? Entonces caerás en cuenta de que has llegado a Israel, y si no te espabilas, tu vida amorosa comenzará a ser manejada por vecinos, allegados y afines.

Sin duda cada soltero que llega a Israel habrá vivido su propia versión iniciática. Mi primer encuentro fue en el banco. Luego de ser atendida por una amable señora de habla hispana, que me averiguó la vida y milagros en un interrogatorio de diez minutos que a todas vistas no guardaba ninguna relación con los trámites que debía realizar, ésta me solicitó si podía darle mi número de teléfono al hijo soltero de una amiga suya, que le parecía podía gustarle mi “perfil”. Palabras técnicas y todo, pensé, no estaba tratando con una aprendiz. Como era mi primera vez, acepté gustosa. Era apenas el principio.

Pronto he aprendido que la espontaneidad israelí no repara en escenarios: a la salida de la sinagoga cualquier abuelito podría estar esperando para presentarte al último nieto solterón. Ante cualquier excusa demasiado formal, el improvisado shadján dirá que no hay nada que perder: “Pueden conversar mientras caminamos a casa”. Prohibido caerse para atrás como un personaje de comiquitas, no vaya a ser que todos crean que es una confirmación del éxito del encuentro.

Otro escenario podría ser una reunión familiar, donde sin ningún empacho alguien grita: “Este es el candidato que había pensado para ti”. No hay tiempo para preguntas tan frívolas como por qué, cuándo, dónde. Allí, delante de todos, se acordará la “primera cita”.

Al principio, claro, uno se siente halagado, pero pasado algún tiempo comienza a sentir que algo se le va de las manos: nada menos y nada más que el espacio privado del afecto. Una de las dificultades del shiduj —en Israel o en cualquier otro lugar, pero aquí se hace más obvio por su frecuencia— es que no puedes tomártelo con levedad. Cada quien sabe a qué va y no se valen los mensajes cifrados ni los dobleces. Tampoco los períodos de prueba ni los sí pero no. Esto quizás sea relajante al principio, cuando se está harto de tanta cita infructífera, pero luego de unos cuantos shidujim fallidos —la mayoría mortalmente aburridos—, uno quisiera que hubiera más misterio; menos acuerdos y más coqueteo. Uno quisiera mirar al otro y no descubrir que estamos pensando lo mismo: “¿Qué demonios hago yo aquí, una vez más?”.

“¡Pamplinas occidentales, nunca están satisfechos con nada!”, sospecho que diría uno de mis vecinos casamenteros si pudiera leerme el pensamiento. Adivino el reproche en sus ojos mediorientales, que no pueden esconder el disgusto ante tanta malcriadez. Respiro profundo y doy las gracias —con auténtica sinceridad— por considerarme digna de un shiduj. Pero ahora, luego de otro encuentro tan infructífero como cualquier vulgar cita, estoy convencida de que los casorios se manejan desde arriba, y como decimos en castizo: “Matrimonio y mortaja del Cielo bajan”. Mientras tanto, prometo ocuparme yo sola de la parte que me toca en el asunto.

Fanny Díaz

Habla como sea que algo queda

“Boutique de la pita”. Todavía me parece insólito que una panadería se haga llamar ‘boutique’

Lo dicho: en todas partes se cuecen habas. Como cualquier otra academia contemporánea de su género, la Academia del Idioma Hebreo se queja de la corrupción de la lengua, no solo por el uso de palabras foráneas para las cuales hay sinónimos en hebreo, sino por los insólitos giros idiomáticos de uso común en el habla de la calle. Para una amante de la palabra como yo, no pasa desapercibido que en este momento me encuentro entre los causantes de tal despropósito. Tengo plena conciencia de que cada vez que pronuncio una sílaba en hebreo, estoy maltratando el idioma. No puedo hacer nada al respecto, sin embargo, excepto lo que ya hago: hablar como sea para aprender a hablar.

El asunto ha llegado a terrenos tales, que ya hay quien sugiere que no se siga llamando hebreo esto que se habla en Israel, sino que se le llame “israelí”. Como tampoco se sabe mucho a qué se puede llamar israelí, la propuesta parece más bien un chiste. Sofisticado, pero chiste al fin.

Los israelíes tienen fama de malhumorados e impacientes, pero yo en particular no estoy de acuerdo. Tendrán poca paciencia para respetar su turno en el banco, pero a la hora de entender a alguien que habla mal hebreo, ésta parece inagotable. Por alguna razón, que quizás tenga raíces en la solidaridad judía con los menos afortunados, los israelíes se sienten en la obligación de reforzar la estima de los nuevos hablantes. A cada esfuerzo por completar una frase indefectiblemente le siguen las expresiones “yafé (bello)” y “kol hakavod (todo el honor)”, sin el menor asomo de ironía. No importa cuánto lleves en el país, el otro siempre dirá —con sincera admiración— que para ese tiempo tu nivel de hebreo es admirable. Por supuesto, también conoce a alguien que lleva mucho más y ni de lejos se acerca a ese nivel. A eso llamo yo generosidad.

Amos Oz, el más internacional de los escritores israelíes y uno de los más famosos hablantes del hebreo moderno, suele disertar sobre la vertiginosa evolución del hebreo clásico al moderno: “Lo que en otras lenguas ha supuesto un proceso de varios siglos, para el hebreo han sido unas pocas generaciones. La distancia entre Miguel de Cervantes y Gabriel García Márquez, en términos hebreos, es de 120 años”.

De vez en cuando, para calmar mis angustias puristas, me consuelo pensando que quizás ese galimatías que sale de mi boca cada vez que intento hablar hebreo en realidad es un eslabón de esa cadena evolutiva. No creo que la Academia del Idioma Hebreo apoye la pretensión, pero con seguridad cualquier otro israelí dirá con el mayor énfasis: “Yafé, kol hakavod”. ¡Qué grandeza de espíritu! Aunque dos segundos más tarde tenga que caerle a codazos para subirme al autobús.

Fanny Díaz

Israel: moda democrática

Fashion mami

La gente piensa comúnmente que Israel es un campo de batalla, y que por tanto cosas “superfluas” como la moda no tienen lugar en su cotidianidad. Nada más lejos de la verdad: habría que aclarar antes que nada que las ciudades israelíes no son zona de guerra. Sufren las consecuencias de las tensiones con los vecinos, es cierto, pero la vida no pierde ni un ápice de su riqueza. Al contrario, quizás por eso es tan efervescente, porque hay que vivir como si cada día fuera una gran oportunidad, porque lo es. ¿Hay una mejor actitud existencial que esa? El budismo ha venido predicándolo por miles de años; a los israelíes les ha tomado sesenta y tres años, y todos los días conseguimos nuevas maneras de vivir con alegría en esta mínima franja de tierra.

Esto ha dado como fruto una de las posturas más distintivas de los israelíes: “Te respeto, pero tengo mi punto de vista”. Esta actitud se hace presente en todas partes, pero la ropa es uno de los mejores terrenos para ponerla en práctica. Y se nota. Cada quien va a su aire.

Como casi todos han venido de casi todas partes, cada uno tiene derecho a conservar su costumbre, o a cambiarla. Lo que más le convenga a su espíritu. En esta, la única democracia del Medio Oriente, nadie le va imponer un código, a menos que por propia escogencia entre a un grupo que así lo exija.

Capa sobre capa a 49,90 shekels

Los jóvenes suelen seguir las tendencias internacionales de la moda, pero agregándole la nota israelí de exagerarlo todo. La comodidad y la informalidad son los únicos requisitos. A pesar de la diversidad, sin embargo, creo que en general hay unos rasgos comunes en la manera de vestir israelí: grandes volúmenes, combinación de colores y texturas y una capa de ropa sobre otra (layering en inglés). Para mi gusto, un original encuentro entre las ropas del desierto y las de Occidente, aunque suene a lugar común. Es casi imposible resistirse al influjo de esta usanza, sobre todo en verano. Cálzate unas sandalias (sin medias, por supuesto, nada menos israelí que eso), consigue algo con bastante color, nunca olvides tus lentes de sol (se ven bien hasta con kipá y además no hay otra opción si uno no quiere quedarse ciego) y lánzate. Por lo que se ve, en el Mediterráneo la vida es más sabrosa.

Fashion alternativo en la avenida Dizengoff, Tel Aviv
Fashion cool, también en Dizengoff
"Israel-Nueva York-Gaza" rezan las etiquetas de estas carteras
Fashion shuk

Para los interesados en opiniones más profesionales, algunos links sobre moda israelí:

• Una lista de los diez más prestigiosos diseñadores israelíes, realizada por la escritora Jessica Steinberg, corresponsal en Israel de la publicación Women’s Wear Daily:
http://www.israel21c.org/culture/israels-top-10-fashion-designers

• Entrevista a la diseñadora Naama Bezalel, creadora de una cadena de boutiques que lleva su nombre:
http://www.jpost.com/ArtsAndCulture/Fashion/Article.aspx?id=213901

• Estilo por una neoyorquina en Israel, columnista de Time Out Israel:
http://fashionisrael.wordpress.com

• Blog donde colabora la precoz Amit Drucker. De paso, es simpático comentar que esta chica de trece años tiene un estilo bastante parecido a Tavi Gevinson, otra precoz bloguera y fashionista:
http://annakpureseriousfun.wordpress.com/

Flores: cortesía de la casa

Quien me conoce, sabe a los dos minutos que tengo debilidad por las flores. Es verdad que no sé combinarlas con elegancia, que mezclo “papas con arroz”, que de mis manos no ha salido nunca una composición digna de halago, pero no hay nada que hacer: amo las flores. Y más aún: amo los puestos de flores. Los colores que estallan aquí y allí, la timidez de unas, la altivez de otras, el refinamiento de las largas, la delicadeza de las pequeñas… y el olor de todas juntas. No, no hay nada que se compare a un puesto de flores bien querido, no hay peluquería, no hay tienda de última, no hay restaurante que dé tanto placer a mis sentidos. Creo que no podría vivir en un lugar donde comprar flores estuviera fuera de mi alcance.

Lo primero que hago al llegar a una nueva ciudad es averiguar si tengo cerca un puesto de flores y cuánto cuesta un ramo pequeño, suficiente para adornar las microhabitaciones en las que me suelo hospedar. Pero un puesto de flores es nada sin quien lo atiende.

Con los años he descubierto que si quiero quedarme en un lugar debo escoger “mi” vendedor de flores. Hay que probar mucho antes de decidirse, casi como encontrar el hombre soñado, o más, porque cuando el otro te deje, sólo el segundo podrá consolarte. Puede ser la búsqueda de toda una vida, pero entretanto podría proporcionar momentos memorables. Y digo “vendedor”, porque por extraño que parezca, no conozco ninguna vendedora de flores. Tal parece que en diversos lugares vender flores es un oficio masculino. ¿Quién lo diría?

En Israel hay ventas de flores casi en cada esquina, la mayoría atendidas por estudiantes. No es que lo hagan mal, pero no son verdaderos vendedores de flores. Luego de varios intentos encontré que el mejor lugar para comprar flores es el shuk. Allí nunca falta uno de esos puestos multicolores atendido por su propio dueño.

Supe que había encontrado mi vendedor de flores cuando éste me entregó dos ramos en lugar del que había pedido. Pensé que se trataba de un error, nada extraño, dado mi casi inexistente dominio del idioma. Sin embargo, él se apresuró en aclararme que se trataba de un regalo, y agregó la consabida frase israelí para un recién llegado: “Bienvenida a casa”. Desde entonces cada semana pago uno y recibo dos.

Comenzar una nueva vida entraña un esfuerzo diario para no darse por vencido. Cuando tengo la sensación de que nunca conseguiré mi lugar aquí, solo tengo que pensar en ese ramo de flores que, sin otra intención que hacerme sentir bienvenida, me regala mi vendedor de flores israelí semana tras semana. Quizás, pienso cada vez, esa es la verdadera señal de que he llegado a casa.

Fanny Díaz

¿De dónde no eres?

Exotismo en el shuk*

Esta cara que tengo la heredé de una tatarabuela a la que nunca conocí. Un rasgo más, uno menos, dicen todos desde que era niña, soy el “vivo retrato” de ella, aunque tampoco ninguno de ellos la haya conocido. No es nada excepcional, pero ciertamente en la familia entre la que me crié nadie tiene una cara como la mía.

Así, he ido por la vida con esta cara de todas partes y de ninguna. En Venezuela siempre creían que era extranjera, lo cual no pocas veces me hizo víctima de algún policía con ganas de ganarse una plata extra a costa de una indocumentada (vaya chasco que se llevaron cada vez). En Holanda creían que era de Indonesia. En Nueva York, mexicana. En Israel, donde hay gente de lugares inimaginados, siempre soy de algún lugar exótico, para bien o para mal.

Aparentemente, aquí hay muchos nepalíes, a juzgar por las preguntas de la gente, y yo parezco ser una de ellas. También podría ser filipina o tailandesa. Las primeras son cuidadoras de viejitos; las segundas, tienen el oficio más antiguo del mundo. Así que la pregunta de si soy nepalí es lo más cercano a un halago que podría esperarse.

En estos días una asiática (quién sabe de qué país) se dirigió a mí en su idioma. Fue muy embarazoso aclararle que no éramos paisanas, primero porque la pobre se veía desesperada de hablar con alguien que la entendiera, y luego porque decepcionada creyó que yo me estaba haciendo la polaca (o la israelí, que para el caso da lo mismo).

Un israelí de los que uno tiene por “típico sabra” me acaba de saludar muy sonriente en ruso. No sé si estaba practicando para impresionar a una rubia compatriota de Putin, o si de verdad pensó que yo era una de esas rusas con cara asiática. Después de todo, no me extrañaría que alguien crea también que soy rusa. Todo es posible en este país de diversidades.

Por Fanny Díaz

*Shuk: mercado al aire libre.

Rezar a la medida

Sinagoga en un centro comercial de Ashdod

Para alguien que recién llega a Israel, en particular si no viene de una ciudad con una gran población judía, como Nueva York, no deja de ser impresionante encontrarse en un lugar donde casi en cada esquina hay una sinagoga. Cuando se está de visita, esto pasa a ser una curiosidad turística más, pero cuando se ha decidido construir una vida aquí, implica un reto adicional. ¿Cómo encontrar una sinagoga “a la medida”? Esto en el caso de tener alguna necesidad existencial de ir a un ‘templo’, porque para ser franca, en Israel desaparece la necesidad práctica de ir a un lugar para recuperar la conexión con el yo.

En la diáspora, vamos a la sinagoga no sólo a rezar, a encontrarnos con Dios (todos sabemos que para esto no se necesita un lugar en particular); vamos también a corroborar una pertenencia. No por casualidad se le llama beit-kneset: ‘lugar de reunión’. Mucha gente que vive en Israel admite que sólo va a la sinagoga cuando está de viaje; precisamente por esa razón: en ese lugar de reunión encontrará a sus iguales. Aquí, te topas con ellos a cada paso.

De todas las “sorpresas lingüísticas” que he tenido últimamente, una de las más significativas ha sido escuchar que alguien llame ‘templo’ a una sinagoga. Para mí, una sinagoga era una sinagoga. Nadie a mi alrededor la hubiera llamado de otra manera. Cuando alguien se refirió a ella con la palabra ‘templo’, por una fracción de segundo no entendí a qué se refería. Luego tomé conciencia del porqué. Allá, en el mundo que acabo de dejar atrás, hay muchos templos, por lo tanto cada uno debe hacerse de un nombre particular, una identidad. Aquí, la gran mayoría de éstos son sinagogas, por lo cual llamarla ‘templo’ –al contrario– la particulariza; le devuelve la connotación original a la palabra: ‘edificio sagrado’. Sobre todo si tomamos en cuenta que en general la sinagoga israelí difiere bastante de la sinagoga de la diáspora. De todas formas, creo que ninguna especulación lingüística hará que llame ‘templo’ a una sinagoga.

Una de mis nuevas amigas, con la que comparto la extraña necesidad de encontrar la sinagoga, se pregunta por qué aquí éstas son tan pequeñas y a menudo parecen escondidas. “Allá”, en cambio, las sinagogas son solemnes e imponentes. Esto último en particular. Llegamos a la conclusión de que una identidad siempre en peligro hay que protegerla de la manera más enfática posible. En Israel, para dicha nuestra, ir a la sinagoga es un acto de genuina necesidad personal y está marcado por el origen de cada quien: casi todas las comunidades han fundado una sinagoga para mantenerse en contacto con su tradición. Quizás por eso son tan pequeñas y con no poca frecuencia tienen el halo de informalidad de los núcleos familiares. Por lo pronto, nosotros, recién llegados, disfrutamos de nuestro peregrinar en busca de la sinagoga: en la variedad está el gusto, dicen.

Fanny Díaz

De “vuelta”

Acto de Bnei Akiva sobre el tema de aliá, Modiin
Acto del movimiento Bnei Akiva sobre el tema de aliá, Modiin

Al llegar al aeropuerto Ben Gurión cualquier persona puede percibir que se encuentra en un país de mayoría judía. Si llega en la víspera del año nuevo, como yo, verá carteles con “Shaná tová” a cada paso. Escuchará esta frase repetida hasta el infinitum de parte de cualquiera que lo atienda, no importa si es una oficina pública o una heladería. Aquel afectuoso buen deseo que en otros lugares sólo se escucha en la sinagoga o en las llamadas a los amigos más cercanos, una suerte de clave que nos confirma que ambos sabemos lo que somos, aquí se hace colectiva. Algunos días después todos le desearán “Jatimá tová”, sin importar qué cara tiene. Si está aquí, se asume, algo de judío debe tener. O al menos es lo que entendí a primera lectura.

La verdad es que cuando uno deja a un lado la perspectiva del turista y comienza a pensar que está aquí para quedarse, para encontrar un lugar y hacerlo suyo, comienza a entrever por las rendijas. Comienza a preguntarse cómo hacer para que su “peculiaridad judía” se mantenga lo más íntegra posible, cómo seguir siendo un individuo autónomo en una gran y envolvente familia, pero también cómo dejarse llevar. Es decir, cómo conservar la memoria cultural de la que viene, a la vez que abrirse a la multiplicidad que le rodea.

Es un Estado judío, sí. Es el único lugar en el mundo donde ser judío no es una “anomalía congénita” (o adquirida, lo mismo da). Durante milenios en muchas partes del mundo los judíos han tenido que ocultar su identidad; aquí, se supone, estamos en casa. Aunque todo alrededor, incluido el idioma, nos sea desconocido, y a ratos totalmente ajeno.

Pero no sólo judíos vivimos en esta mínima franja de tierra. Están los tailandeses de la construcción, las cuidadoras filipinas, los choferes indios, los comerciantes y profesionales árabes. Están tantos otros que aún no puedo identificar. Y estoy yo: en mitad de mi nada. Ya no miro hacia el Este para rezar. Estoy en el Este.

Fanny Díaz